Sunday, December 26, 2010

Crumb y Bukowsky: el underground y la fama


Ricardo Guzmán Wolffer

Robert Crumb (Filadelfia, 1943) es uno de los iniciadores del cómic underground. Muchos de sus personajes (el gato Fritz, Mr. Natural, Tomy el excusado, entre otros) forman parte ya de la cultura popular estadunidense (y en consecuencia de casi todo Occidente), especialmente para la generación de los sesenta y setenta. Incluso se hizo una película del gato Fritz, donde había orgías y mucha violencia racial… entre animales. Hablar del estilo desenfadado de Crumb es fácil: su principal preocupación era mostrarse contrario a las imposiciones y a la autoridad; su estilo, de aparente sencillez, es asimilable. Quizá por eso triunfó: era el estandarte de una parte de la población gringa fastidiada por la manipulación política y el engaño con mano fuerte. Quizá sólo fueron sus caricaturas e ilustraciones, donde se privilegiaba la fantasía desbocada y un tufo sexual que a veces olía más a pornografía, pero, sobre todo, que innovaba en el trazo y en el contenido. Lejos quedaban los cómics juveniles, infantiloides en el sentido peyorativo. Su labor como impulsor del cómic ajeno a la industria editorial lo llevo a la fama inesperada, a grado tal que en los noventa se filmó su biografía, donde se daba nota de una familia bastante atípica, en la que Robert, con sus adicciones y filias sexuales, resultaba ser la persona más cuerda de una familia aplastada por las enfermedades mentales y la represión educativa.

La obra de Crumb es variada. Desde animales perversos y misóginos que se divierten con la muerte de quienes se cruzan en su camino, hasta el fársico Mr. Natural, quien gusta de burlarse de los buscadores de gurús al decirles “verdades” tan opinables como pegajosas. Sus cómics caminan entre la parodia y la fantasía desenfadada. Sin embargo, su faceta de ilustrador de fondo lo ha llevado a dibujar el Génesis y una larga serie de artículos autobiográficos, en donde la caricatura paródica deja paso a la ilustración en forma, para permitir a este singular artista hablar de sí mismo y de todos aquellos con las mismas fijaciones sexuales o con el gusto por el blues gringo, siempre con una mirada crítica. Entre otros, ilustró un disco de Janis Joplin.

Desde que se hiciera famoso, llegó la oportunidad de buscar nuevos proyectos. En uno de ellos se cruzó con otro icono del underground gringo: Charles Bukowsky.



Ilustraciones de Robert Crumb para el libro El capitán salió a comer y los marineros tomaron el barco de Charles Bukowsky (Anagrama, 2000)
Uno de los escritores más famosos de su generación (Alemania, 1920-EU, 1994), era conocido por sus continuas borracheras. Bukowsky escribió decenas de novelas, libros de poesías y muchos cuentos recopilados en diversos títulos. Hay películas basadas en su vida, entre las que destaca Barfly hecha con el guión del propio Bukowsky. Para algunos críticos, es un representante del “realismo sucio” y de la literatura independiente. Sus afinidades conceptuales con Crumb son muchas. Su calidad de parias sociales, de artistas marginales, de enemigos-víctimas-adoradores de las mujeres, los hermana. La fama también. Conforme la edad les fue avanzando (sorprendentemente, si se toma en cuenta el alcoholismo de Bukowsky y las adicciones de Crumb), su obra se fue decantando hacia la búsqueda interior por medio de la mirada personal de su diario quehacer, como si lo cotidiano pudiera darles pistas de quiénes eran en esos momentos de su vida. Así surge el libro El capitán salió a comer y los marineros tomaron el barco, donde Bukowsky narra en forma de diario sus idas sobre las carreras de caballos, las visitas que recibe de autores, sus vivencias en algunos bares, en fin, el paso de los días. El primer texto está fechado en 28/VIII/91 y el último es de 27/II/93.

Si bien Crumb agrega varias ilustraciones de notable calidad, no se trata de un complemento de la obra del literato. Son obras paralelas que muestran la expresión de cada uno sobre un hecho. A pesar de que el libro anuncia en la portada que Crumb “ilustra”, me temo que apenas ambienta, pues se pueden disfrutar por separado las aportaciones de estos artistas. Ambos no pudieron conocerse para hacer el libro: Bukowsky murió en 1994, Crumb hizo las ilustraciones en 1995 y la primera edición del libro es de 1998.

Y en este trabajo Crumb no dejó su mirada crítica: basta cotejar su trabajo contra las memorias de Charles para darse cuenta que hay un juicio implacable del artista gráfico sobre el “viejo borracho”, como le decían varios contemporáneos. Los textos de juventud de Bukowsky presentan a un briago redomado, gustoso de pelear en los peores bares, incluso con peligro de morir; a un vago capaz de renunciar a un trabajo por nimiedades o por aburrimiento vil; a un hombre con serios problemas para relacionarse con las mujeres y sobrevivir a las relaciones más o menos duraderas que logra sostener, en parte por su clara vena erótica. En cambio, frente a la pluma despiadada de Crumb, nos encontramos ante un Bukowsky contrario al de su juventud.

En la primera ilustración vemos a Bukowsky pasando dificultades para ponerse los zapatos; usa una camisa de manga corta y unos pantalones de buena calidad y aparentemente impecables; las arrugas de su cara amplifican su piel marcada por el acné: estamos ante un viejo pudiente que se acobarda ante el día que inicia: “Ah, Dios mío, ¿y ahora qué?” Los dibujos de Crumb muestran su opinión del escritor. La siguiente ilustración muestra a un Bukowsky que, como en un acto reflejo, intenta enfrentar a un joven para que lo deje en paz en el bar. La cara del joven es de tal sorpresa que resulta paródica. El texto no dice que éste responda al viejo, pero más que convencer sobre el sentido de bravura del texto autobiográfico, Crumb parece rebatir al veterano, diciéndonos que no le ha creído nada sobre su baladronada o que, en todo caso, no ha sido por mostrar su bravura, apenas su tedio. Incluso el barman mira a través de la escena como si en realidad no hubiera nada que ver.


La interpretación separada de las ilustraciones y del texto del libro muestra dos personajes distintos. Bukowsky insiste en filtrar juicios despectivos sobre aquello que pasa a su alrededor: los jugadores compulsivos en el hipódromo, los jóvenes escritores que lo buscan, y otros. Entre su vida cotidiana de autor que puede pagar la renta con sus escritos, plantea el análisis de lo inmediato, y tal vez resulte convincente para quienes hemos saboreado sus poemas o su prosa. Pero Crumb va más allá. Como presidente saliente, nos echa en cara el “no se hagan bolas”, y por medio de sus rayas eficaces y realistas toma los textos que le significan más para hacer el retrato de ese creador otrora rebelde, al menos en sus acciones y sus textos, quizá no en el discurso, que ha terminado por encasillarse precisamente en eso que antes denostaba. La cuarta ilustración muestra a un viejo de mirada calma, sentado en un sillón de diseño, con almohadas de respaldo, ante la computadora prendida. El texto de la viñeta termina con una pregunta “¿Cabe mayor solemnidad?” y no deja duda sobre la opinión de Crumb: de verdad el autor literario se ha vuelto solemne, se ha vuelto aquello que odiaba en su juventud. ¿De qué otra forma puede comprenderse que Crumb ilustrara el pasaje donde Bukowsky relata un día en que no va al hipódromo y prefiere quedarse a descansar en su jacuzzi “como un pez gordo”. El dibujo muestra a un arrugado regordete que sonríe mientras ve su reflejo en el agua burbujeante, en una esquina que deja ver plantas arregladas, una pequeña cerca y un gato que lo mira, como el barman, como si tampoco hubiera algo que ver en ese “pez gordo”.

La mirada de Crumb pellizca el mito del escritor borracho, para decirnos, sin piedad, que al final no era tan rebelde. Que al final, Bukowsky había dejado el underground.

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